domingo, 12 de abril de 2020

En memoria de los muertos.

Dicen que no está bien hablar de muertos, que baja la moral de los confinados y eso es cosa fea; dicen que mostrar imágenes de ataúdes es hacer negocio con el dolor ajeno y que eso está más feo todavía; a mi esos dichos me dicen muy poco porque a mi la muerte se me presentó a los 8 años y ni los esfuerzos de mi madre y mi familia entera pudieron evitar ese encuentro, es lo que pasa cuando escuchas de boca de tu madre las palabras 'papá se ha ido al cielo'; suena romántico y hasta bonito pero en realidad no importa cómo carajo te den una noticia así, no hay manto que esconda la realidad de su ausencia ese mismo día y los siguientes, los del resto de su vida, no hay consuelo ni explicación, no hay nada, no hay nada más que un dolor intenso y profundo que amenaza con ahogarte y que sólo el paso del tiempo te ayudará a soportar hasta el día en el que ese padre muerto se convierte en un recuerdo cada vez más pasado y cada vez más olvidado... salvo el día de tu cumpleaños, ese día siempre recuerdas que al día siguiente el morirá.


Tal vez sea por eso, porque la muerte y yo nos conocimos hace muchos años y también porque nos hemos ido encontrando más veces después de aquella primera ocasión, que no sólo no entiendo la manía actual de convertir a los muertos en cifras y esconder los féretros, no lo entiendo porque sé que a los muertos se los despide, salvo que quieras convertirlos en la santa compaña de tus desvelos y a quienes despiden a sus muertos se les acompaña en el sentimiento y en la vida, en el duelo y en el consuelo.

Y por eso, porque llevamos más de 17.000 muertos oficiales (que mirando al registro en lugar de a los resultados de los test de coronavirus podrían ser más del doble), yo me niego a acallar el dolor y el miedo, me niego a enterrar a los muertos en el olvido cuando todavía no los hemos llevado al crematorio ni al cementerio, cuando están muriendo todavía... Me niego a que quienes están en ese trance de no despedirse y no poder dolerse de su pérdida tengan que aguantar mi risa y mi mofa; prefiero despedir a los muertos y acompañar a sus familias y amigos haciendo gala de un sentir profundo y sincero que sé que hoy no consuela, pero mañana lo hará.



No rendiré ese homenaje con mis propias palabras porque nunca he sido capaz de hacer letra de mi relación con la muerte, tal vez algún día logre hilar un cuento en el que, a modo de alegoría, relate como la parca se convirtió en mi enemiga cuando yo tenía 8 años y ella todos los del mundo pero, entre tanto, comparto con vosotros unos versos de Rosalía, los escribió a la muerte de lo más querido para ella, uno de sus hijos, son versos sentidos y dolientes que bien pueden servirnos hoy, con el permiso de su poeta, para despedir a nuestros muertos mal que les pese a quienes les niegan el luto y el duelo:

Era apacible el día
y templado el ambiente
y llovía, llovía,
callada y mansamente;
y mientras silenciosa
lloraba yo y gemía,
mi niño, tierna rosa,
durmiendo se moría.
Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!.
Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse…, ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.
¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
Jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos.
¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.
Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
te espera aún con amorosa afán,
y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
allí donde nos hemos de encontrar.
Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
que no morirá jamás,
y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
a desunir ya nunca volverá.
En el cielo, en la tierra, en lo insondable
yo te hallaré y me hallarás.
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad.
Mas… es verdad, ha partido,
para nunca más tornar.
Nada hay eterno para el hombre, huésped
de un día en este mundo terrenal,
en donde nace, vive y al fin muere,
cual todo nace, vive y muere acá
.

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