domingo, 16 de febrero de 2020

Y entonces recuerdas que la vida es muy corta.

No es que no lo supieras, es que a veces haces como si lo olvidaras y de repente la vida, como si estuvieses olvidándolo más de la cuenta, te lo recuerda: es muy corta.

De niños jamás tenemos esa sensación, es más, la vida nos parece eterna, contamos los años ¡años! que nos faltan para dejar el colegio atrás como si fuera una cárcel y nuestros días de escuela una condena de obligado cumplimiento; luego llega la liberación y poco a poco descubrimos que nada era tan fácil ni placentero como los días de colegio...

Eso es así para algunos, afortunadamente para la mayoría, pero para otros la cosa es un poco diferente, algunos escogidos por el mal fario descubrimos muy pronto cuán corta puede ser la vida y, aun así, tardamos en asumirlo del todo. No sé cuántos años tenía David Gistau cuando murió su padre pero sí cuántos tenía yo cuando murió el mío, 8, cumplidos el día antes de aquel inolvidable 'papá se fue al cielo'.

Cuando cumplí 32 años, los que él tenía cuando murió, fue cuando entendí de verdad lo corta que había sido su vida, por primera vez no me lamenté por el padre perdido sino por el hombre que perdió la vida y cuando un año más tarde fui madre pensé, como pensó David Gistau cuando nació su hijo Luca, ¡por favor que me de tiempo a criarlo!.



Luego la vida te puede, entremezclas deberes con placeres, risas con llantos, tareas con sueños y el tiempo va pasando, el bebé va creciendo y el miedo se esconde en ese cuarto oscuro íntimo y personal en el que encierras a los monstruos.

El tiempo sigue pasando y un buen día descubres que la frase 'ya habrá tiempo' ha dejado de consolarte, supongo que es ese momento en el que sientes la madurez de la vida, en el que empiezan a pesar los años vividos, cuando empiezas a teñirte las canas y a buscar que la hidratante de la mañana sea antiedad; el bebé ya no es tal, ya es un niño grande al que le falta un suspiro para comenzar la ESO y de repente ¡zas! todo cambia de nuevo, todo se desequilibra y el miedo sale de la habitación de los monstruos para envolverlo todo, sucede cuando el niño grande se convierte en un enfermo crónico porque como a ti te escogió la vida para ser huérfano a él lo ha escogido para tener diabetes tipo 1.

Y el miedo es entonces intenso porque la sensación de paz que te daba aquel 'me va necesitando menos' desaparece ante un 'me necesita más que nunca'; pero no hay tiempo para llantos ni lamentos, hay que jugar con las cartas que nos tocan y tienes que asegurarte de que el niño grande acepta el envite y supera las dificultades que supone.

Ya no recuerdas lo que querías ser de mayor y, la verdad, es que te importa un carajo, lo que importa es lo que eres hoy, lo que haces y nada importa más que tu hijo aprenda a vivir con esa compañera indesable e indeseada que no lo abandonará hasta que lo haga la propia vida.

Aprendes a calcular dosis y ratios de insulina, raciones de hidratos de carbono, a vértelas con las hormonas que descuadran todos tus cálculos, a enseñarle a él todo lo que aprendes y a delegar en él sus propios cuidados poco a poco porque sólo su bienestar es hoy más importante que su independencia y sabes, además, que llegará el día en el que ese bienestar dependa de su capacidad para ser independiente, vas por delante, como hacen siempre los padres, y él te sigue, como hacen los hijos... 

Y entonces lees la noticia, ha muerto Gistau, el columnista que había escrito aquello de sentirse padre que te emocionó en su día y te imaginas a sus hijos sin él para seguirlo y recuerdas sus miedos, que han sido siempre los tuyos, y te cagas en la madre que parió a la lotería de la vida.

Te acuerdas, otra vez, de que la vida es muy corta, te acuerdas de Reverte hablando de elegir muy bien cuál será la próxima novela que va a escribir porque tal vez sea la última, te acuerdas de otras vidas muy cortas y de otros niños que perdieron al guía antes de tiempo pero también recuerdas la lección más importante, sólo tenemos una vida, una por persona, es finita y es pecado dilapidarla pensando en lo que pudo ser y no fue, en lo cortas o largas que fueron otras vidas, no sabemos cuánto durará la nuestra, mientras suene la música, bailemos*.



*(y entonces apuntas en un trozo de papel que eso es lo que debes enseñar a ese niño grande que te sigue para que si un día faltas, para que el día que faltes, siga bailando. Lo demás está en los libros).

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