jueves, 13 de julio de 2017

Julio de 1997. República Dominicana. Muy lejos de Ermua.

Y de repente me encuentro aquí, ante un folio en blanco y en mi blog, comenzando un post como si fuese el abuelo recordando las historias de la mili... Casi me entran ganas de comenzar con un 'Sicilia 1930' pero en realidad era la República Dominicana 1997.

La razón por la que escribo hoy aquí es que me resulta muy extraño ser capaz de recordar lo que estaba haciendo un día concreto de un año concreto; soy de esas personas que sólo ven la vida en presente y en futuro, de esas que piensan que lo que fue ya ha sido y no va a volver a ser ni merece la pena ser removido. No sé si soy así por naturaleza o si me hice así cuando el pasado comenzó a doler, el caso es que tiendo a vivir hoy mirando hacia mañana.

Esa es la razón por la que cuando alguien dijo recordar donde estaba tal semana como ésta hace 20 años mi mente me sorprendió con un 'tú también lo recuerdas' en lugar de con el clásio ¡y yo que sé! que me regala en situaciones en las que media la palabra recordar.

Estaba en la República Dominicana, de viaje de fin de carrera, entre amigos, de fiesta, pasándolo en grande y poniéndome morena (lo que para una piel del norte, creedme, es toda una experiencia). Y entonces sucedió.

Nos quedamos todos perplejos ante las noticias que veíamos en el canal internacional de televisión española, no dábamos crédito, no queríamos darlo pero era real y nosotros estábamos al otro lado del Atlántico sin poder siquiera tirarnos a la calle a gritar que nadie tiene derecho a jugar a la ruleta rusa con la vida de nadie.

Foto: abc.es

Recuerdo la sensación de absoluta vejación que sentí, el asco que me provocaba pensar que aquel chantaje era el modo de poner en nuestras manos la vida de alguien, como si fuésemos todos los españoles los que, por no ceder al chantaje, estuviésemos condenando a muerte a Miguel Ángel Blanco. Y algo así como aquel cabreo íntimo que yo sentía debió sentirlo media España porque las calles se llenaron como nunca.

Foto: abc.es

Por eso Miguel Ángel Blanco es un símbolo, por eso es importante, por eso (sin que su vida valga más ni menos que la de otras víctimas), representa algo, pone rostro y nombre a algo. Algo que hoy en día no se sabe ni lo que es, algunos lo siguen llamando espíritu de Ermua. Yo no sé si todavía existe, sólo sé que hubo un tiempo en el que cuando se hablaba de terrorismo no había discusión, estaban los malos, los asesinos y enfrente los demás y de repente un día comenzó a ser objeto de discusión y sentí un asco hacia la política que me ha acompañado desde entonces.

Lo que sí sé es que recuerdo donde estaba y lo que estaba haciendo en estas fechas allá por julio del 97. Recuerdo que nos fuimos a la playa y nos sentamos sobre la arena al caer la noche, apenas hablábamos. Recuerdo que no había disidentes, que nadie ponía un pero ni una coma, la indignación era un sentimiento compartido.

No soy yo de recordar ni de dar vueltas y revueltas al pasado pero hoy me he alegrado de acordarme de donde estaba en julio del 97 porque he recordado también porque jamás, nunca, daré ni el más mínimo apoyo a ninguna idea que confraternice en lo más mínimo con quienes un día se creyeron con derecho a matar, con quienes sembraron el terror y el miedo, con quienes hicieron vivir con escolta y revisando los bajos de sus vehículos a tanta gente... Tampoco soy de venganzas, entendedme, acepto sus disculpas pero no, de ningún modo, sus razones. Nada vale más que la vida. Nada.

¡Qué cosas tiene la memoria! no sé si atreverme a llamarle histórica (lo histórico es más bien que yo me acuerde) pero curiosamente ésto es memoria, mi memoria.