domingo, 30 de abril de 2017

De princesas, superwomen y otras mentiras que nos creímos.

Hubo un tiempo en el que nos decían que éramos princesas y que ellos debían tratarnos como a las reinas que un día seríamos, nos cedían el paso y nos daban el brazo, nos dejaban en casa a las 10 protegiéndonos del espectáculo que venía a continuación regado de copas y amigos, nos ponían el piso y fiscalizaban la ropa, nos daban un hijo o media docena y, para cuando descubríamos que las princesas no existen, ya éramos cenicientas por siempre jamás porque, además, éramos tontas y no sabíamos nada... no éramos lo suficientemente inteligentes para ir a la universidad.



Aun en aquel tiempo oscuro de falsos cuentos y finales escritos por manos ajenas hubo mujeres que burlaron la censura de su tiempo y lograron lo que muchos de ellos no podían ni tan siquiera soñar, claro que ellas siempre supieron que las princesas no existen y, con los pies bien anclados en el suelo, dedicaron su tiempo a hacer lo que les venía en gana; las hubo que se disfrazaron de hombres para poder asistir a clase a la universidad y, como Emilia Pardo Bazán, acabaron siendo referentes en su época y para la posteridad mal que le pesara a los hombres del momento, los mismos que le negaron por tres veces su acceso a la Real Academia Española, a ella, la autor de Los Pazos de Ulloa.

Aprendimos. Y, gracias a la voz alta y clara de gentes como Pardo Bazán, avanzamos. No sé muy bien cómo ocurrió pero lo cierto es que en algún momento aquel avance se convirtió en un cambio de cuento. De las princesas que ya no existían a las superwomen que íbamos a ser. Y ese cuento también nos lo creímos.

Nos lo creímos porque, durante un tiempo, la ilusión de esa posibilidad parecía certeza; estudiábamos como ellos, incluso más, trabajábamos como ellos, incluso más, ganábamos menos pero eso nos permitía seguir quejándonos del mundo machista en que vivíamos al tiempo que nos sentíamos las superwomen que nos habían dicho que éramos. Pero nos enamoramos y nos casamos -o no- y quisimos ser madres, hicimos malabares para ser la madre del año, la profesional del año, la mujer del año... hasta que un día algún amigo o una madre, cabe que incluso un profesional de la cabeza, nos explicó amablemente que, por el bien de nuestra salud mental, debíamos bajar del guindo cuanto antes.



Éramos humanas, no superwomen, y si no es posible amar a dos mujeres a la vez y no estar loco menos aún lo es estar en dos sitios a la vez sin estar loco previamente. Fue entonces, ante la muerte de la superwoman, cuando nació el mito de la conciliación porque es eso, un mito, dicen que existe pero también dicen que en Lourdes y Fátima han sucedido milagros.

Entendimos que no cabe todo y elegimos, hay mujeres que eligieron seguir a mil en su carrera profesional y organizaron la vida de sus hijos con abuelos, niñeras, 1000 actividades o un poco de todo; otras en cambio eligieron -elegimos- que una parte importante de nuestro tiempo sería para nuestro bebé a costa de lo que fuera... tiramos de reducción de jornada en el trabajo y entramos a formar parte de la masa laboral que busca un 'trabajo de maruja'.

Pero eso tampoco era cierto, querer ocuparnos de nuestros hijos no significa que queramos dejar de ocuparnos de nosotras mismas, del futuro profesional que nos hemos venido ganando año a año y ahí seguimos, batallando, para que algún día la conciliación deje de ser un mito.

Y entonces, cuando te elevas un poco sobre los últimos años de nuestra historia y vemos como hubo generaciones de princesas fallidas seguidas por otras de superwomen estrelladas, nos preguntamos ¿cuál será nuestro legado para las próximas generaciones? ya no somos princesas ni superwomen ¿qué somos? ¿qué dirán de nosotras?



Se me ocurre que, tal vez, lo que digan de nosotras es que somos la generación que, muertas las princesas y las superwomen, dio aliento al machismo por su falta de discurso y de sentido común. Vereis... os leo a unas y a otras defender la sororidad, callemos ante las mujeres que defienden posturas machistas y lapidemos en plaza pública, o en twitter, a los hombres que defiendan esas mismas posiciones... Y hagámoslo sin pararnos a pensar en las consecuencias de esta decisión: esas mujeres a las que protegemos con nuestro silencio se afianzan en sus ideas y son madres y educan a los niños que un día serán hombres y serán lapidados en plaza pública, o en twitter, por hacer o decir lo mismo que decían o hacían sus madres, para ellas no había consecuencias, para ellos sí. Y ellos, queridas, no son el enemigo... son los hombres con los que bailarán vuestras hijas...

¿De verdad pensais que convertir la lucha contra el machismo en una lucha de sexos es una buena idea? ¿De verdad creéis que es justo y es bueno criticar una actitud en función de si la acomete un hombre o una mujer? ¿De verdad pensáis que hacer frente común unidas exclusivamente por el mero hecho de ser mujeres nos va a llevar a dar los pasos que nos faltan por recorrer para enterrar el machismo? ¿Es cierto que seguís pensando que la igualdad es el mantra que nos debe acompañar? ¿de verdad habéis olvidado que la igualdad no existe, que los individuos son únicos e irrepetibles, que la igualdad es de derechos y obligaciones y que la ley ya la reconoce como tal entre hombres y mujeres? ¿es cierto que todavía no vemos con claridad que nuestra lucha no es por la igualdad que ya tenemos sino por la justicia de la que carecemos? porque no es justo que por el mismo trabajo ellos cobren más y no, queridas, no es que no sea justo, es indigno, que hayamos aplaudido una ley que nos protege (si es que hay protección posible) frente a los maltratadores en el ámbito familiar, permitiendo que esa misma ley no proteja a nuestros hijos ¿hacemos sororidad también sobre los casos en los que el maltratador se lleva a los niños como padre que es y con el parabién del juez para luego usarlos como medio para seguir maltratando a la madre como maltratador que es?.

Hubo un tiempo en el que me decía feminista porque me sentía feminista pero en algún momento del camino -tal vez cuando me llamaron maruja por reducirme la jornada para recoger a mi hijo de la guardería cada tarde o cuando me explicaron que eran acciones como esa las que hacían que a las mujeres nos pagaran menos- dejé de sentirme feminista y me sentí sola porque detesto las actitutes machistas, todas, tanto las prepotentes como las protectoras, casi más las segundas que las primeras, pero también detesto que sean otras mujeres las que traten de ejercer ese poder de control sobre las de su sexo, aborrezco en general a quienes cohartan la libertad de los demás, sean hombres o mujeres.

Y por eso, porque detesto la manía que tienen todos los movimientos políticos y sociales de meterse en la vida de las personas etiquetando lo que es bueno y lo que es malo en función de sus objetivos, al menos aquí, en este reducto íntimo y personal que es mi blog, dejo escrito en blanco sobre negro lo que pienso.


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