jueves, 22 de agosto de 2013

No somos iguales.

Hombres, niños, mujeres, viejos, jóvenes; andaluces, catalanes, madrileños, gallegos, vascos, canarios; rubios, morenos, castaños, pelirrojos; inteligentes, currantes, ocurrentes, estudiosos, vagos, lentos, inquietos, líderes, gregarios; viajeros, valientes, elocuentes, tímidos, resolutivos, discretos, incapaces, solventes, hogareños; altos, gordos, bajos, guapos, elegantes, descuidados, feos.

Podría dedicar horas a enumerar características humanas en todos sus matices porque son infinitas como infinitos son los detalles que nos distinguen, que nos hacen únicos a cada uno de nosotros –únicos e irrepetibles en el sentido más amplio de estos conceptos, como yo no hay dos, ni como tú, ni como nadie… para bien, para mal o para nada-.
 
Hubo un día que empezamos a hablar de igualdad porque hubo un tiempo largo y oscuro en el que se daba a alguna de esas características que nos distinguen un valor del que carecía: por ser negro eras esclavo, por ser mujer no podías recibir una educación porque, al parecer, el tono oscuro de la piel o la femineidad debían impedir el desarrollo de la inteligencia… o algo así. Pero, mientras nos agarrábamos a la bandera de la igualdad de derechos y deberes olvidamos ambos apellidos y la pervertimos del peor de los modos y maneras.

Convertimos la igualdad en tiranía. La tiranía de las masas mediocres que ahogan el talento.


Porque decidimos que todos teníamos que ser iguales obviando la riqueza de las diferencias y creando un mundo de imposibles y sinsentidos ¿por qué? porque no somos iguales más que en el derecho inalienable a la no discriminación, al no etiquetado y clasificación.

Pero ahí termina la igualdad: como decía Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, ese es mi punto de partida, mi talento, mis carencias y mi campo de juego, nunca igual al tuyo ni al del otro. Y nos empeñamos en que que todo sea igual y subvencionamos el absurdo para hacerlo igual a lo cuerdo en lugar de dejar a cada cual lidiar su vida y guardar esa subvención para los momentos y las gentes que saben hacerlas lucir y crecer.

Y llegamos al punto en el que la implicación es igual a la desidia porque según el etiquetado en uso eres staff o mando intermedio, lo de ser currante y resolutivo o vago y jeta es intrascendente.


El daño que esta bandera de igualdad en la que algunos se envuelven con el convencimiento y la certeza de que ese es el camino, es que arrasa con todo lo que no es igual… y es precisamente ahí, en la diferencia, donde nace y crece el talento. Porque del mismo modo que no hay dos personas iguales no hay tampoco dos talentos iguales.

Además, salvo en el caso de los genios, el talento no es un don ni cosa mágica, es una habilidad, una tendencia, una querencia, una facilidad…  a veces una pasión y siempre una semilla que, si no se riega y se le da luz, si no se cuida y se trabaja, si no se lo alimenta… muere.

Indudablemente trabajar el talento requiere y supone esfuerzo y… ¿para qué esforzarse si al final somos todos iguales? A esa pregunta llegan los niños cuando el estudio empieza a suponer renunciar a ratos de juego y exprimirse la cabeza… Y así se quitan las ganas y la ilusión, se apagan los sueños y la amarga mediocridad se impone, salvo, quizá, cuando el talento es además pasión y puede más en ti que todo el viento que sopla de frente. Y qué fácil sería con el viento a favor ¿verdad? Pero no… no soplan buenos tiempos.
 
Pero tanto si hay levante como si es viento del norte no voy a agarrarme a la bandera de la igualdad para sobrevivir –que para eso me voy a Corea donde los igualan hasta por el corte de pelo- y desde luego no tengo el cuajo de sentarme frente a los cinco años de mi hijo y sus múltiples preguntas y curiosidades y soltarle un ‘somos iguales’ cuando me dice que a él y a sus amigos no les gusta jugar con las niñas.
 
Le digo que los niños y las niñas son diferentes del mismo modo que él es diferente de cada uno de sus amigos y cada amigo de los demás; insisto en que cada uno de los niños y niñas de su clase son únicos y geniales, que cada uno tiene unas cosas que le gustan más y otras menos y tiene cosas que le salen mejor y más fácil que otras y sobre todo insisto en que lo mejor del mundo es ayudar a los amigos y amigas a los que se les da mal algo que él hace bien y dejar que le ayuden a él en aquello que se le atraganta, que lo genial es aprender y mejorar y hacerlo juntos y riendo.

Que no, señores, que no… que no somos iguales ni somos competencia,
que la vida es única y por el mundo sólo se pasa una vez: quien quiera perder su pase peleando por un galón adelante, eso sí, que nos dejen vivir también a quienes pensamos de otro modo o que tengan al menos el valor de llamarse tiranos cuando se imponen; quien quiera empeñar su tiempo en pasar sin pisar el suelo ni mover un dedo, adelante también, pero que se guarden la desvergüenza de llamarse iguales a quienes pisan suelo y mueven dedos, manos y corazón; y quienes quieran pasar con el corazón en una mano y el alma en la otra, echando ganas, ilusión y esfuerzo a los sueños, que pasen; que pasen y se unan al club de 'los contra el viento'… sabiendo que caerán al suelo mil veces, a veces se romperán algo, otras será sólo un moratón, doloroso siempre en todo caso… pero que se levantarán de nuevo y seguirán y nadie podrá decir nunca de ellos que no vivieron.

 
Y, además… si  el club de 'los contra el viento' crece… lo mismo éste deja de soplar tan contrario porque, llamadme mal pensada, pero me da que hay quien ha puesto ventiladores para darle más vida de la que en realidad tiene.

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