miércoles, 30 de octubre de 2013

Mi querido J.

Caminito de los seis años que vas, con paso firme y sintiéndote ya un niño mayor; sonreíamos los papás el pasado sábado viéndoos a todos tan independientes y bailongos en el cumple de tu amigo N. y es que ya tenemos que medir los besos y achuchones públicos, impensable alzaros en brazos a la vista de nadie –cosa que, no negaré, mi espalda agradece-, ya no queda apenas nada del bebé… salvo cuando nos tumbamos cada noche en tu cama a leer el cuento, entonces sigues acurrucándote a mi lado y dejándome achucharte los mofletes…

Y en este crecer tanto y tan rápido tuyo estaba yo pensando qué distinto es todo de cómo pensé que sería porque hay que ver lo distinta que veo la vida de cómo la veía; pensaba enseñarte tantas y tantas cosas… y ahora no quiero enseñarte ninguna, quiero tan solo pasear a tu lado dejándote a ti descubrir el mundo y descubrirte a ti en él, darte sólo las pistas justas para que no desesperes si el camino se empina o se hace angosto, si se apaga una luz o se cierra una puerta… para que el miedo no te pueda y sepas siempre que hay camino por más que no sea el que esperábamos…

Y es que a las puertas de los 40, querido J., me encuentro yo desaprendiendo mucho, soltando el lastre de las verdades supremas que han demostrado no ser tan ciertas como cabía esperar resultando a veces incluso en flagrantes mentiras, y el resultado de este desaprendizaje es que apunto cada día en la libreta cosas que no he de contarte, cuestiones que no debo transmitirte… me preocupaban ya un poco los límites que me estaba yo poniendo… hasta esta mañana.

Esta mañana miramos de nuevo el cielo por esta suerte nuestra de ver amanecer cada mañana mientras esperamos que la ruta 21 pase a recogerte; estaba bonito, azul, nubes, rojizos, anaranjados…  y me preguntaste por qué me gustaba tanto el cielo…
Me gusta, querido J., porque es lo que tenemos sobre nosotros, eso y el camino a nuestros pies es todo lo que hay, todo lo demás es accesorio cuando no absurdo; la vida no es más que lo que tú eres y lo que haces en ese camino y bajo ese cielo, no es más que la gente a la que amas y te ama, la vida no es más que lo que sientes y transmites.

La vida, querido J., es cada beso, cada risa, cada sueño, cada buen momento y cada lágrima, también cada dolor; la vida no es nunca un coche ni un euro, no es un ascenso ni un boleto de lotería ni un billete de 20 euros. La vida empieza en ti y empieza ya, en tus juegos, tu cole y tus cuentos, en tus legos y tus coches, en lo que sueñas e imaginas, en lo que eres capaz de hacer y en lo que te supone un esfuerzo extra, en tu curiosidad y en ese esfuerzo, en tu empeño y también en ese rendirse que luces a veces cuando las cosas no te salen como quieres… que sé yo que no es por vagancia, es por ese orgullo absurdo que tenéis los niños de ganar y triunfar o no jugar, pero eso lo estamos trabajando juntos y sé que no será un obstáculo para ti porque la curiosidad y la inquietud te pueden.

Desaprendo cada día, querido J., y aprendo de nuevo contigo… no hace mucho me preguntabas también por qué trabajaba tanto en mi ordenador y, pensándolo bien, la verdad es que esa pregunta es de respuesta fácil… lo hago porque tengo un sueño y, cuando se tiene un sueño, se remanga uno y se pone a la tarea; la vida es sueño, pero no sueños baldíos ni fantasiosos, la vida es un sueño por cumplir cada día.

La vida, mi querido J., es pasión, por eso la gente que se apasiona por su trabajo, su ocio, su familia, sus amigos, sus sueños… hace esfuerzos ímprobos y es feliz… y por eso quienes no sienten pasión por nada, los que son pasto de la desidia, son padres e hijos de la ley del mínimo esfuerzo y de la máxima amargura.

Así que aquí estamos… desaprendiendo pragmatismos fríos e innecesarios y aprendiendo a dejar fluir la pasión y la ilusión, aprendiendo a reír desde el fondo del alma y a disfrutar de los detalles más absurdos y mirándote y observándote mucho aunque no te des cuenta, viendo como lidias con estas primeras fases de tu sociabilidad, saliendo del ego propio de cada niño que no se reconoce al principio más que a sí mismo, e integrándote en el grupo… que es ahora algo así como una manada… intégrate, sé parte… y veamos cómo te desenvuelves reafirmando tu yo, tu personalidad única –tan única como la de cada niño-, veamos cuánto tienes de líder y cuánto de gregario… porque te veo muy poco de ambas cosas y en cambio te veo muy tú, muy de ir a tu aire cuando el paso que marca el grupo no te convence, personalmente me encanta esa libertad que te concedes, esa solvencia –tan pequeño como eres todavía- no sólo de saber estar solo sino además de disfrutarlo tanto como disfrutas jugando con los amigos… veremos como avanzas, como dudas, como resuelves… porque ese no ser líder ni gregario resulta a veces en una tierra de nadie que exige mucho de uno mismo.

Pero no adelantemos acontecimientos, que esa es una de las costumbres que estoy desaprendiendo, vivamos el día y el momento…

jueves, 22 de agosto de 2013

No somos iguales.

Hombres, niños, mujeres, viejos, jóvenes; andaluces, catalanes, madrileños, gallegos, vascos, canarios; rubios, morenos, castaños, pelirrojos; inteligentes, currantes, ocurrentes, estudiosos, vagos, lentos, inquietos, líderes, gregarios; viajeros, valientes, elocuentes, tímidos, resolutivos, discretos, incapaces, solventes, hogareños; altos, gordos, bajos, guapos, elegantes, descuidados, feos.

Podría dedicar horas a enumerar características humanas en todos sus matices porque son infinitas como infinitos son los detalles que nos distinguen, que nos hacen únicos a cada uno de nosotros –únicos e irrepetibles en el sentido más amplio de estos conceptos, como yo no hay dos, ni como tú, ni como nadie… para bien, para mal o para nada-.
 
Hubo un día que empezamos a hablar de igualdad porque hubo un tiempo largo y oscuro en el que se daba a alguna de esas características que nos distinguen un valor del que carecía: por ser negro eras esclavo, por ser mujer no podías recibir una educación porque, al parecer, el tono oscuro de la piel o la femineidad debían impedir el desarrollo de la inteligencia… o algo así. Pero, mientras nos agarrábamos a la bandera de la igualdad de derechos y deberes olvidamos ambos apellidos y la pervertimos del peor de los modos y maneras.

Convertimos la igualdad en tiranía. La tiranía de las masas mediocres que ahogan el talento.


Porque decidimos que todos teníamos que ser iguales obviando la riqueza de las diferencias y creando un mundo de imposibles y sinsentidos ¿por qué? porque no somos iguales más que en el derecho inalienable a la no discriminación, al no etiquetado y clasificación.

Pero ahí termina la igualdad: como decía Ortega, yo soy yo y mi circunstancia, ese es mi punto de partida, mi talento, mis carencias y mi campo de juego, nunca igual al tuyo ni al del otro. Y nos empeñamos en que que todo sea igual y subvencionamos el absurdo para hacerlo igual a lo cuerdo en lugar de dejar a cada cual lidiar su vida y guardar esa subvención para los momentos y las gentes que saben hacerlas lucir y crecer.

Y llegamos al punto en el que la implicación es igual a la desidia porque según el etiquetado en uso eres staff o mando intermedio, lo de ser currante y resolutivo o vago y jeta es intrascendente.


El daño que esta bandera de igualdad en la que algunos se envuelven con el convencimiento y la certeza de que ese es el camino, es que arrasa con todo lo que no es igual… y es precisamente ahí, en la diferencia, donde nace y crece el talento. Porque del mismo modo que no hay dos personas iguales no hay tampoco dos talentos iguales.

Además, salvo en el caso de los genios, el talento no es un don ni cosa mágica, es una habilidad, una tendencia, una querencia, una facilidad…  a veces una pasión y siempre una semilla que, si no se riega y se le da luz, si no se cuida y se trabaja, si no se lo alimenta… muere.

Indudablemente trabajar el talento requiere y supone esfuerzo y… ¿para qué esforzarse si al final somos todos iguales? A esa pregunta llegan los niños cuando el estudio empieza a suponer renunciar a ratos de juego y exprimirse la cabeza… Y así se quitan las ganas y la ilusión, se apagan los sueños y la amarga mediocridad se impone, salvo, quizá, cuando el talento es además pasión y puede más en ti que todo el viento que sopla de frente. Y qué fácil sería con el viento a favor ¿verdad? Pero no… no soplan buenos tiempos.
 
Pero tanto si hay levante como si es viento del norte no voy a agarrarme a la bandera de la igualdad para sobrevivir –que para eso me voy a Corea donde los igualan hasta por el corte de pelo- y desde luego no tengo el cuajo de sentarme frente a los cinco años de mi hijo y sus múltiples preguntas y curiosidades y soltarle un ‘somos iguales’ cuando me dice que a él y a sus amigos no les gusta jugar con las niñas.
 
Le digo que los niños y las niñas son diferentes del mismo modo que él es diferente de cada uno de sus amigos y cada amigo de los demás; insisto en que cada uno de los niños y niñas de su clase son únicos y geniales, que cada uno tiene unas cosas que le gustan más y otras menos y tiene cosas que le salen mejor y más fácil que otras y sobre todo insisto en que lo mejor del mundo es ayudar a los amigos y amigas a los que se les da mal algo que él hace bien y dejar que le ayuden a él en aquello que se le atraganta, que lo genial es aprender y mejorar y hacerlo juntos y riendo.

Que no, señores, que no… que no somos iguales ni somos competencia,
que la vida es única y por el mundo sólo se pasa una vez: quien quiera perder su pase peleando por un galón adelante, eso sí, que nos dejen vivir también a quienes pensamos de otro modo o que tengan al menos el valor de llamarse tiranos cuando se imponen; quien quiera empeñar su tiempo en pasar sin pisar el suelo ni mover un dedo, adelante también, pero que se guarden la desvergüenza de llamarse iguales a quienes pisan suelo y mueven dedos, manos y corazón; y quienes quieran pasar con el corazón en una mano y el alma en la otra, echando ganas, ilusión y esfuerzo a los sueños, que pasen; que pasen y se unan al club de 'los contra el viento'… sabiendo que caerán al suelo mil veces, a veces se romperán algo, otras será sólo un moratón, doloroso siempre en todo caso… pero que se levantarán de nuevo y seguirán y nadie podrá decir nunca de ellos que no vivieron.

 
Y, además… si  el club de 'los contra el viento' crece… lo mismo éste deja de soplar tan contrario porque, llamadme mal pensada, pero me da que hay quien ha puesto ventiladores para darle más vida de la que en realidad tiene.

lunes, 25 de marzo de 2013

Y los demás que arreen.

Fortuna la mía, sí. La fortuna de entender lo que significa vivir a mi aire tanto para mi libertad como para la tuya. Y no es que sea yo muy lista, no, es que he tenido la suerte de ver y vivir de cerca, en primera fila y propias carnes, el a mi aire bueno.
Recuerdo el comedor de mi abuela, la mesa grande con sus servicios, vinos, aguas y gaseosas… y recuerdo el trasiego continuo de gentes ¿viene tal? No! Ha llamado Pascual que no viene pero dice Fulano que viene Mengano… y recuerdo la organización, a tu padre échale ya, yo espero a tu hermano, primero los niños ¡cuidado conmigo que ya soy mayor y yo como con los mayores! ¡calla enano y a la mesa!... Y comían unos, a mitad de plato llegaban otros y al café faltaban ya algunos o estábamos todos, depende del día… Y eso, decían, era de muy mala educación, de poco respeto a la cocina, a la mesa y al resto de asistentes, y mi abuela reía, miraba como aquel que sabe más de lo que cuenta y dice, y añadía ¿si? ¿tú crees? pues igual llevas razón… Y ahí quedaba la cosa.
Recuerdo las carreras, los saltos, las voces, las prisas, los escalones arriba y abajo de dos en dos y hasta rodando en alguna ocasión… el ¡dale un beso a tu abuela! ¿has saludado a tu abuelo? Y las muecas de los niños, las pocas ganas de calma, besos y sofá, las muchas de pelea y risa, de circo y fiesta. Y recuerdo una vez más aquella sonrisa, aquel gesto, aquel ¡deja a los niños jugar! ¡son niños!
Recuerdo las sobremesas, los comentarios, las discusiones, los desacuerdos, las voces, las risas… y poner otra cafetera al fuego.
Porque en mi familia somos así, cada uno a su aire, no hay más que ver a los que éramos entonces los niños, uno entre Australia y Coruña –ahí es nada-  tres en Madrid, en realidad ya cuatro porque el que estaba en Lérida se nos ha unido en la capital con la intención de quedarse, otro entre Santiago y Carballo y la pequeña en Alicante… Y allá que vamos todos a aquella mesa, raro es que coincidamos ya todos juntos y a la vez pero a veces unos, otras otros, siempre a aquella mesa y siempre cada uno a su aire.
Y sabía yo entonces por qué mi abuela reía, porque lo que ella tenía es que si preguntabas siempre respondía, te gustara o no lo que tenía que decirte, ella te decía aquello que verdaderamente creía porque era honesta y se guardaba el dolor que le arrancaban tus lágrimas si lo que las había provocado era algo que ella sabía que necesitabas saber, corregir, mejorar… y decía siempre ‘quien bien te quiere te hará llorar’. Porque la lealtad es ser honesto, desde el amor y desde el cariño. Desde el respeto. El respeto de verdad, no el del por favor y el gracias, que bien está mantener las formas, pero mejor, mucho mejor y más importante mantener el fondo, el respeto al individuo y a su libertad de acción y omisión.
Sabía yo que mi abuela reía porque lo que ella buscaba con aquella libertad máxima en su casa y en su mesa, con aquella puerta abierta que pareciera giratoria de tanto trasiego como parecía el salón a veces el de los hermanos Marx… su objetivo era el presente y llevar el presente al futuro, que entonces y ahora siguiera siendo su mesa el lugar de acogida y acomodo para todos y cada uno, para los suyos y los que llegaban a serlo, a hacer más grande lo que era ya lo más grande de su vida, su familia.
Y pensaba yo, con mi mente obtusa de adolescente, que se sometía ella a la libertad del resto, casi por tonta la tomé alguna vez –dicho sea desde el cariño y respeto máximo, que sé yo que de leer ésto ella se carcajearía-. Y hoy, a mis 38, sonrío yo porque hoy sí, abuela querida, hoy sí te entiendo de verdad… hoy entiendo que no había sometimiento alguno, que tú ibas tan a tu aire como todos porque tú, más que nadie, más que todos, sabías lo que significaba vivir a tu aire.
Tú sabías que la libertad individual, ese vivir cada cual a su aire, es una necesidad, sabías que no se puede encorsetar el alma y la intención, ni los anhelos y deseos del corazón, sabías que el mundo estaba ahí fuera y ahí nos querías a todos, descubriéndolo, viviéndolo… y sabías, como saben pocos y como quienes vivimos a nuestro aire y al tuyo llevamos impreso en nuestro adn, que esa libertad individual, ese a mi aire tiene límites porque algo va mal en tu aire si provoca tempestades en el aire ajeno. 
Libertad y respeto, decías… cada uno a su aire, libre, sin alterar el aire ajeno, respetando. Pues verás, abuela querida… aquel equilibrio tuyo que tanto admiro, no está de moda… hoy el respeto tiende a quedarse en la forma, en palabras huecas tras las que no hay nada porque no salen del corazón sino solo de la garganta –por favor, gracias…- y hoy la libertad parece absoluta, cada cual es libre de hacer lo que le venga en gana y los demás que arreen… Y eso no es así ¿verdad? Así no es posible, así no funciona…
Tú sabías del error y la inconsciencia de vivir al aire propio sin valorar las consecuencias que provoca el viento que dejas a tu paso en los demás. Tú sabías que tomarse la libertad de ser generoso y bueno era una buena idea que sólo podía traerte a ti y a los tuyos cosas buenas, cierto es que no siempre te funcionó, pero hoy, abuela querida, te reconozco que no te faltaba razón, que quien siembra viento recoge tempestades y quien siembra generosidad, sea la cosecha como sea, vive en paz consigo mismo y con la vida y ahí sí, ahí si cabe ely los demás que arreen’.
Tú sabías de equilibrios como nadie… sabías que no es lo mismo ser servicial que servil, que quien lo confunde yerra tanto si es por no ayudar como si es por no entender, valorar y respetar la ayuda que recibe; sabías de la importancia del bien común y la responsabilidad individual, de la necesidad de libertad y del respeto a la libertad del otro… del daño de la envidia, lo bueno de la ilusión y los sueños y lo mejor del aprendizaje y el esfuerzo, y decías ‘tú inténtalo a ver…’ ‘…de todo se aprende’ ‘no te importe lo que digan, no te importe lo que hagan, tú a lo tuyo, tú haz lo que tienes que hacer y hazlo bien’.
Y eso hago, lo intento al menos, lo que tengo que hacer, lo que quiero hacer, lo que puedo hacer… y lo hago con resultados dispares pero siempre desde la honestidad, la ilusión, el trabajo, el esfuerzo y la fe en que un mundo más saludable, más dulce y más feliz empieza en cada pequeña acción de cada día.