domingo, 18 de diciembre de 2011

Negra Sombra (IV): El principio del fin (1980)

Viene de Negra Sombra: Bruja. Y continua aquí:

Antía estaba en la playa, con aquel extraño gorro de encaje tejido por su bisabuela, ya casi ciega, sorda y muda … pero la pequeña se empeñaba en llevarlo porque era su bisa María quien lo había tejido manejando aquellos bolillos que a ella le parecía bailaban en el aire entre las ajadas y enjutas manos de la anciana. 

Tan solo tenía ocho años, pero mostraba ya una personalidad desbordante y única; a su madre la desesperaba y a su abuela, si cabe más; en algunas ocasiones la veía rezar entre dientes y podía leer en sus labios las palabras que éstos no dejaban escapar … “eres igual que mi madre, igualita … llevas a la bruja dentro”. Jamás lo decía y jamás reconocería pensarlo, pero ella lo había leído en sus labios y en sus ojos ... no le gustaban, la miraban con recelo, le hablaban desde lejos … le gustaban más los ojos ciegos y labios mudos de su bisa María … ellos la acogían, le sonreían, la abrazaban, la querían y la entendían.



Algo le hizo levantar los ojos de su castillo a medio derruir y a lo lejos, fuera del arenal y apoyada en su bastón vio a su bisa … se levantó y, con la misma resolución que lo hacía todo, anunció a su madre que se marchaba de la playa … El choque fue frontal, como siempre y como todos, fue su padre quien intercedió, también como siempre, y al final, como siempre, la pequeña se salió con la suya, tenía permiso para salir del arenal siempre y cuando estuviese cerca de su bisa y a la vista de sus padres.

A María se le nubló la poca vista que le quedaba cuando sintió a la pequeña a su lado … - ¿por qué has venido? - preguntó con el hilo de voz que todavía conservaba … - porque tú querías que viniera - fue su escueta, sencilla y clara respuesta. 

María acarició la cabeza de la pequeña quitándole aquel extraño gorro que le horrorizaba tanto como a los demás … tan solo le permitía usarlo porque de los pocos placeres que todavía podía disfrutar, uno era, sin duda, ver el espanto en los ojos de su hija … y sentir, a través de ese espanto, la certeza de que no llegaría a su fin llevándose consigo un secreto tan pesado como el que atesoraba desde bien pequeña … como el que sus antepasadas habían guardado antes … aunque no todas, algunas, como su hija, jamás podrían ser sus portadoras … pero Antía sí, aún cuando le equivocaran el nombre por uno más de los tristes empeños de su hija ...  

Varias tardes de aquel verano se pudo ver a María con su biznieta en los alrededores de Praia Rodeira … nadie acertaba a entender qué gracia le hacía a una niña, y más a una niña tan suelta y resuelta, pasar la tarde entera con una persona tan mayor y tan suya como había sido siempre María … pero tampoco parecía importarle demasiado a nadie, algo quizá a su abuela … pero jamás lo reconocería porque hacerlo sería abrir las puertas y ventanas de sus pensamientos a quienes ya pensaban, e incluso decían, que había un algo de brujería en su familia. Defendía y defendería siempre la inocencia de su antepasada María Soliña, aún cuando en su fuero interno deseaba ardiese eternamente en los infiernos por el daño infligido por su causa, no a Cangas, que eso le importaba bien poco por lo antiguo de los hechos, sino a su apellido, nombre y linaje … Veía en su madre un algo de lo que se decía tenía su antepasada, fuese eso lo que fuese … y con el pasar de los años, aún cuando sólo habían pasado ocho, ya sabía que ese algo seguía vivo en su nieta. Y buscaba ese algo de forma insistente … no por intentar comprender … sino con ánimo de destruir … como el día que la bisa María desapareció ...

Allí estaba su abuela, en primera fila, devorándola con la mirada como sin querer perderse ni un sólo suspiro de su rostro … y así era … porque lo que iban a decirle era que su bisa había desaparecido. Antía permaneció en silencio, mantuvo su expresión tranquila e inmutable, permaneció impasible y sostuvo, sin pestañear, la mirada de su abuela … una mirada cargada de rabia, casi de odio … la mirada del que sabe y no entiende. La rabia de sentir que la anciana había ganado, que se había hecho su santa voluntad fuese cual fuese … Su abuela nunca había entendido, tampoco su madre … pero su querida bisabuela, a la que recordaría y echaría en falta el resto de su vida, le había hecho comprender que hay un tipo de inteligencia que no todo el mundo posee … pero ella si … es un don y como tal debía administrarlo ... aunque tardó un tiempo en entender lo que realmente significaba ese don ...  

Los días siguientes oyó todo tipo de historias sobre su bisabuela … sobre sus paseos por las calles de Cangas apoyada en su bastón rezando con el hilo de voz que mantuvo hasta el final … quienes se acercaban a ella la escuchaban y salían espantados … “malos tempos han vir … eu xa non einos ver … pero han vir … han … ”. Muchos tomaban sus palabras como el divagar de una vieja medio loca, otros recordaban la historia de las brujas de Cangas … Y, cuando por lo incontrolable que se había vuelto y el riesgo de que alguno de sus paseos acabara mal, se hablaba de internarla en una residencia ... sencillamente desapareció …

La buscaron, hubo batidas por tierra, mar y aire … y nada ni nadie fue hallado … Antía callaba, con la misma expresión que había callado siempre, sin espantarse nunca de nada ni de nadie … pero su cabeza comenzó a girar de forma distinta aquel día … porque ella era distinta … ella no era como su bisabuela aún cuando compartían don, ella no creía sin ver ni entender, para su mente analítica todo debía tener un cómo y un por qué, no conocerlo no sellaba su inexistencia sino la propia ignorancia …

Y un fin de semana más ... esta historia no termina aquí ... continuará.


Mundo Imaginario: Negra Sombra
Relato breve en 6 capítulos, ya publicados:
El principio del fin (1980)

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