domingo, 28 de febrero de 2010

Haití, Chile, Cuba...y sus Libros de Ausencias

En estos días abrir el periódico, poner la TV o entrar en internet da miedo...terremotos, tormentas, tsunamis, presos políticos dejados morir de inhanición, madres desesperadas sabiendo a sus hijos muertos...

Hay algo en todo esto que es "solucionable" de manera relativamente sencilla, demos cobijo a quien duerme al raso, demos de comer al hambriento...El hambre es un problema logístico, lo que falta es voluntad para solucionarlo. Esta es una de las miserias del capitalismo: todo aquello que no reporta un beneficio medible en euros, dólares... carece de interés... Si alguien conoce algún sistema económico-social mejor que me avise y me apunto, hasta la fecha yo no lo he encontrado.

Pero en todo este cúmulo de dolor y angustia hay una parte que tiene una solución mucho más compleja, la verdad, no creo que tenga solución alguna: el que muere ha muerto, última página del libro escrita para bien y para mal, casi siempre son historias incompletas, queda mucho por hacer cuando cumples tu último día pero, una vez cumplido, el libro se cierra... ¿Qué pasa entonces con los que todavía respiran?

Cada persona que se va, escribe una página en el libro de ausencias de alguien y le enseña de manera dolorosamente práctica lo que significa "echar de menos". ¿Cómo se gestiona un libro de ausencias? ¿cómo maneja uno el temporal de dolores que le invaden cuando ve una nueva página en su libro de ausencias, cuando hojea las páginas ya escritas...? no puedo dejar de pensar en esto mientras veo un reportaje sobre lo que está ocurriendo en Chile, mientras recuerdo lo ocurrido en Haití, mientras recuerdo a la madre de Sandra Palo, a la madre de Orlando Zapata...

Durante muchos años he oído la palabra "sueperar" como verbo conjugado y sin conjugar, como sustantivo, como adjetivo...durante muchos años he pensado que los seres humanos estamos hechos para superarlo todo y que si no lo hacíamos era por falta de esfuerzo, de interés... Esto es la vida vista como una carrera de obstáculos: correr, saltar, correr, saltar, correr, saltar...y al llegar a la meta escribes la última página de tu libro vivido e inauguras o continúas los libros de ausencias de los que todavía corren y saltan, corren y saltan...

Pues bien, propongo dejar el verbo superar para el deporte, para algunas adversidades de la vida...pero no para gestionar ausencias. El día que entendí que hay cosas que no se superan nunca me reconcilié conmigo misma...y con la vida. Y el día que alguien completó esa sentencia diciendo "se aprende a vivir con ellas" supe como afrontar el futuro.

Lenon decía que la vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes, mi abuela, no menos sabia que el inglés, decía que hay que dedicar los esfuerzos a aquello que puedes cambiar y lo que no, simplemente echártelo a la espalda y mirar siempre hacia adelante.

Mirar hacia adelante es mirar a quienes te rodean porque es de ellos de quienes puedes aprender, a quienes puedes ayudar, son ellos quienes pueden aprender de tí, quienes te pueden ayudar; es a ellos a quienes puedes hacer felices, quienes te pueden hacer feliz...y vuelvo a lo mismo ¿cómo gestionar entonces las ausencias para que no actúen como "la nada" en La Historia Interminable y te conviertan en un ausente vivivente?

Líbreme Dios de pensar que tengo la solución a tamaño enigma, ni tan siquiera de pensar que exista solución...pero lo que sí tengo es un truco: convertir cada ausencia en una lección, asociar cada ausencia a lo aprendido del ausente... Así cada ausencia se convierte amenudo en una sonrisa, nostálgica sí, pero una sonrisa.

Mi abuela decía que hay que conformarse con aquello que no podemos cambiar y luchar hasta con las fuerzas que no tenemos por aquello en lo que podemos influir, eso es una lección de vida, es un cómo vivir la vida, es algo que no quiero olvidar jamás porque veo cada día lo difícil que puede llegar a ser conformarse con según que cosas...

No tengo una pregunta para cerrar esta entrada...sólo un deseo: que mi hijo peine canas el día que inaugure su libro de ausencias y haber sido capaz de enseñarle a gestionarlo.

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